lunes 21 de diciembre de 2009

¿Y los bodegones?

Hasta hace unos años, todavía existían. Eran esos lugares malolientes, que parecían roñosos pero no lo eran, donde el mozo se limpiaba las manos en la chaqueta blanca, a la altura de la panza. El último que recuerdo quedaba en la calle Chacabuco, casi Belgrano, quizás todavía esté, no lo sé. Los choripanes al paso, los panchos y el jugo de naranja en la calle Florida fueron terminando con estos lugares. El más increíble que recuerdo, llamado obviamente "La gota de grasa", como tantos otros por el estilo, quedaba en la calle Bolívar, entre Belgrano y Moreno, si mal no recuerdo. Tenía todo y no tenía nada, eran dos locales en uno; de un lado una especie de almacén con verdulería, del otro algunas mesas que simulaban una cafetería. Recuerdo estar tomando un dudoso café, con la incertidumbre de no saber qué iba a encontrar en el fondo del pocillo una vez terminado el brebaje, cuando vi retozando entre las papas y las batatas a un par de ratas del tamaño de Chilavert, más o menos. Eran parte del paisaje, las ratitas, en esa zona de la capital; aun hoy uno las puede ver cruzar la calle sin mirar para los dos lados, las muy distraídas, y aun así nacen más que las que se mueren, y dentro de unos años no va a faltar la rata macho, bien atrevida, que se coja a un bagarto, confundiéndola andá a saber con qué otro bicho, y se dé finalmente nacimiento a un nuevo ser mitad humano mitad rata. O nos fundimos con las ratas o con las cucarachas, no tenemos mucha salida. Pero el tema es que extraño los bodegones. Mirá lo que me pasó el otro día: estaba apurado, quería comer en un lugar barato, algo rapidito y liviano, e irme rápido a casa a hacerme la paja. Paro en un cruce de dos importantes avenidas, bien ubicado el lugar, y veo tenedor libre a 20 mangos. Esto es lo que buscaba, nada de mozos pegajosos en busca de propina, nada de manteca con pan antes de morfar, ni oporto ni nada de esas boludeces que te dan para relajarte el estómago. Trato de entrar y una vieja que fumaba en la puerta me desalentaba: "no sé, no abren, fíjese si algún mozo le quiere abrir". Adentro se veía gente, estaba lleno en realidad, pero mozos no se veían. Tras un par de minutos un flaco con un plato nos abre al grito de "yo les abro, pero este lugar es una mierda, hace una hora que estoy esperando". Ya iban dos que me alertaban, pero hice caso omiso. Esperamos unos minutos, no aparecía nadie, hasta que divisamos una mesa vacía. Nos sentamos. Otra espera, hasta que al final optamos ganar tiempo levantando los platos sucios, los cubiertos y los vasos, y los pasamos a otra mesa que también se habían olvidado de levantar. A las cansadas cae una moza, agradable gordita por cuya zanja circulaba algo parecido a las cataratas del Iguazú de tanto correr de acá para allá. Nos pide disculpas y pone un mantel. Pasamos a servirnos las ensaldas y todas esas boludeces. Yo, hombre previsor, opté por servirme todas cosas se comían con la mano. Sabia decisión, pues tuvimos que esperar que terminaran de lavar algunos cubiertos para poder usar humanamente un tenedor. Algunos de los comensales que me acompañaban optaron por pedir pastas (era parrilla y pasta libre). Error!!! Tras 45 minutos de espera trajeron un plato grande como la ensaladera de la copa davis pero con tres sorrentinos adentro!!!! A esa altura yo había teminado de comer algunas cosas quemadas de la parrilla y medio kilo de tomates para llenar un poco la panza. Conté por lo menos 3 mesas de gente que entró, esperó 15 o 20 minutos, se levantó y se fue, sin que nadie del boliche se enterara nunca que estaban perdiendo clientes. Allá a las cansadas escuché detrás de mí a una mina que le dice al otro mozo (eran dos) que hacía media hora que estaba esperando en la parrilla sin que nadie la atendiera. Así es: el solícito parrillero que minutos antes te ponía pedazos de carne y achuras quemados en el plato había desaparecido sin dejar rastros. El mozo lo llamaba, pero no lo encontró, así que optó por ponerse a servir él en la parrilla y dejando, una vez más, el salón a la buena de Dios y de la gordita que a esta altura la simpatía no le alcanzaba para soportar las miradas asesinas de muchos comensales. En fin, pagué barato, como si fuera un bodegón, pero comí para el reverendo orto. En "La gota de grasa" de Bolívar, por 20 mangos, me morfaba uno de crudo, tomate y queso con la cucaracha ya muerta, lista para consumir o descartar, y un tinto y soda, y me quedaba vuelto para llevar unas galletitas al laburo. Por eso extraño los bodegones con la mugre a flor de piel, donde las ratas te cebaban mate, y no estos lugares en los que encima te tenés que parar para servirte vos. Al final, todo era mejor antes.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Un hogar para Peralta

Sabemos que en el mundo existe una reserva moral. Si son muchos o pocos, no lo sé; sólo sé que existe esa reserva. En este caso, se trata de aquella gente –muchas veces criticada– que se preocupa por otras especies del reino animal, en este caso los perros. No importa que el mundo se caiga a pedazos, que cambie el clima y se nos congele el ojete en cuestión de segundos, o que llueva de abajo hacia arriba; siempre habrá gente dispuesta a preocuparse por los animalitos desvalidos. Una amiga salvó de una segura muerte a este espécimen, un bello ejemplar de la raza Tajungapul de la India. Claro que después de sacarlo de abajo de las ruedas de un colectivo, descubrió que el perrito estaba abandonado, cagado de hambre, a la deriva y con unas ganas de garchar increíbles. Por lo tanto, mi amiga lo curó, lo castró y ahora se lo quiere sacar de encima, como buena ciudadana que es. Bah, en realidad convive en un pequeño departamento con otros dos Tajungapules auténticos que al ver peligrar su trono se desviven por hacerle la vida imposible al apodado Peralta. Vamos al grano: el perro viene limpio, desparasitado, vacunado, sin huevos, pocas ganas de coger, en fin, una ganga. Al que se lo lleve no le cobramos nada, y encima al perro lo pueden putear a gusto, se llama Peralta, va a estar en su salsa. "Peralta, traeme el diario la reconcha de tu madre". "Peralta, cagá afuera, pedazo de perro sarnoso". "Peralta, por qué no meas un poquito en la cajeta de tu recalcada vieja". Verán cómo el perro mueve la cola y morirá por una nueva puteada. Al que lo quiera se lo llevo a su casa y de una reverenda patada lo acomodo en cualquier lugar de la casa que me indiquen. Dejar mensajes acá o mandarme mail a peraltaputea@gmail.com. No le fallen a la reserva moral de la humanidad, gente como yo –mitad animal, mitad ser humano– tiene depositadas sus esperanzas en esa gente.

martes 20 de octubre de 2009

Directo


He tocado de costado, en algunas de las historias que he contado, a mi amigo el Tano. Vivía a la vuelta de mi casa, íbamos a la misma escuela y compartíamos el barrio. Este breve artículo no indagará en la vida personal del Tano ni en la familia, sólo tengo para decir que la mamá estaba más buena que comer pollo con la mano; pero todos nos hacíamos los boludos, el Tano era capaz de matarte a golpes de sólo pensar que te pajeabas pensando en la vieja.

Bueno, bruto como era, el pobre Tano tenía su arrastre con las minas pero la cagaba cuando hablaba. Para él todo era blanco o negro. Un día lo agarramos con el Cabezón y le dimos un curso acelerado de romanticismo.

-Mirá, tano, a las minas les gusta el romanticismo, no vayas a los bifes de entrada. Decile que tiene lindos ojos, que te gusta su perfume, que lo que más te gusta en el mundo es caminar con ella de la mano, elogiale el peinado, la ropa.

-Sí, Tano, tampoco te mandes a manosearle las tetas a los dos segundos; el primer beso no es de lengua, tano, no seas bruto; el primer beso es suave, un saludo dulce, un gesto que apenas anuncie que después hay más, entendés?

-Pero cómo hago, boludo? Yo me bajo del colectivo ya embergado, siempre llevo algún libro para taparme; el otro día llevé un libro de inglés de mi hermano, yo no entiendo un soto de inglés. Ah, leés inglés?, me preguntó ella. La concha de su madre. Le dije que estaba estudiando, menos mal que cuando agarró el libro no llegó a rozarme la garcha si no explotaba.

-Sos un animal, Tano. Cuando vayas en el bondi pensá en otra cosa, pensá en el colegio, en el negocio de tu viejo, en cualquier boludez. Disfrutá con ella otras cosas, vas a ver que también es lindo.


* * *


Años después me encontré con quien era la novia del Tano en ese momento. Hablamos y recordamos montones de cosas, hasta que llegamos a la relación con el Tano, y lo que me contó no tiene desperdicio, acá va algo de lo que me acuerdo.


-Me gusta la pollera que tenés, te queda linda (...) si se me para la garcha así, no quiero ni pensar cuando te la saques


-Dónde compraste esa remera? Se te marcan bien los pezones


-Sos tan dulce que si no pienso en otra cosa acabo en seco


-Hoy quiero que estemos bien, no todo es sexo, salgamos a caminar, vamos al cine, y después me la chupás un ratito, nada más


El Tano era incorregible.

sábado 26 de septiembre de 2009

Dilema

Hace quinientos millones de años, cuando los dinosaurios dominaban la tierra, tuve una amiguita. Yo le llevaba unos cuantos años, ella era de verdad una pendeja con unos ojos negros increíbles y unas tetas más increíbles todavía. Era de verdad mi amiguita, ni pensaba en otra cosa porque había salido con un amigo mío, y eso la transformaba en intocable. En esa época yo respetaba ciertos códigos, era un pelotudo, bah. Como sea, linda y todo a la morocha no se me ocurría tocarla. Pero ella, pendejita histérica al fin, me jugó una de las trastadas más terribles que haya tenido en mi vida. Paso a contar.
Era su cumpleaños, me dijo que no quería pasarla con nadie, sólo conmigo, y que la llevara a pasear esa noche. Bueno, nos fuimos a tomar algo a un lugar y a ver unos videos. Salimos de ahí y me ofrecí a llevarla a su casa, como caballero que soy. Enfilamos para su barrio cuando nos cruzamos con mi amigo Felipe. Iba acompañado por su hermana y una búlgara, alumna de él en la clase de teatro. Felipe era un hombre de la noche, producto de su trabajo de profesor de teatro, pero yo la estaba acompañando a la nena y me iba para casa. Me dice: vamos a tomar algo? La verdad, la vi a la búlgara tan interesada y borracha que no pude decir que no. La nena se quedó a desgano. Fuimos a un boliche de esos que no cerraban (una especie en extinción) y charlamos animadamente. Yo quedé al lado de la búlgara y la nena enfrente.
Tal vez producto del alcohol o vaya a saber qué carajo estuve ocurrente y vivaz esa noche (no me pasaba muy seguido) y la búlgara se ponía cada vez más confianzuda, se cagaba de risa, me tocaba, me abrazaba, de última ya medio me hablaba cerca del oído. Yo me hacía el boludo porque le había prometido a la nena que la llevaba a la casa, además la noche era para ella, que a esa altura ya estaba con cara de culo.
En el medio de ese candombe, mi amigo me hizo señas y fue para el baño. Lo seguí. Y me dijo:
-qué pasa con la nena?
-nada, es una amiga.
-está rebuena, me dará bola?
-te firmo que no, anda en otra, pero si querés hacerle un tiro por mí está todo bien
-no, no ando para problemas con pendejas... boludo, llevate a la búlgara. Está para cualquier cosa, yo no puedo porque estoy con mi hermana y le va a contar a mi novia.
-de dónde carajo la sacaste?
-vino por unos meses a laburar acá, y como le gusta el teatro se prendió en las clases; en tres meses se garchó a medio taller; boludo, metele, mirá que agarra viaje.

Está demás decir que a mí me salía humo de las orejas mientras maquinaba qué carajo hacer. A esa altura ya estaba decidido a avanzar. Cuando la nena se levantó para ir al baño, crucé mi brazo por el respaldo de la silla de la búlgara y le toqué levemente arriba de la cintura. Ella cruzó su brazo por debajo de sus enormes tetas y su más que generoso escote y me agarró la mano, disimuladamente, porque estaba la hermana de Felipe, que tamopco era boluda. Ya estaba. Era sólo cuestión de meter a la nena en un taxi e irme a la casa de la búlgara. Ya Felipe me había adelantado que vivía sola y que sin drama me llevaba a la casa. Nada de telo ni boludeces por el estilo. Yo estaba descontrolado. A la búlgara la veía cada minuto más buena. Además de las generosas tetas, estaba con minifalda, medias negras; tenía unas gambas que Steffi Graf era un poroto. Igual, en esa época Steffi saltaba de un huevo al otro de papá Graf. Bue, la cuestión que salimos, nos paramos en la esquina a despedirnos, yo al lado de la búlgara, ya marcando la distancia con la nena, como diciéndole: queridita, te quiero mucho, pero vivís cerca y en taxi estás en 5 minutos. Error pensar y no decir. Llegó el momento fatídico: mi amigo Felipe que dice: bueno, nosotros (por él y la hermana) nos vamos para aquel lado, y antes de que yo diga agua va, la nena da dos pasos, me agarra del brazo y me dice: nosotros vamos para Palermo. La búlgara, sin entender demasiado por el pedo que tenía, paró un taxi, se subió y se fue a la mierda. Mi amigo me quería matar a trompadas. No era para menos: la búlgara se tomaba el avión al día siguiente para Bulgaria y nunca más volver. No había segunda oportunidad, la nena histérica me mandó abajo del camión. Esa noche no pude ni hablar, la dejé en la casa y me fui. Cuando se lo reproché puso cara de no entender, y me dijo: vos estabas conmigo. Desde hace años me persigue ese dilema: me comporté como un buen amigo o como un pelotudo? Por supuesto, ya lo tengo resuelto, y se imaginarán la respuesta. Pero dejo que los visitantes del blog hagan su aporte.

En la foto, tres búlgaras: las hermanas Katerina, Manuela y Magdalena Maleeva, todas tenistas. Mi búlgara estaba mejor que las tres juntas.

viernes 11 de septiembre de 2009

Camino a la fama


A lo largo de mi ya extensa vida he conocido todo tipo de personajes. Y en mi breve vida bloguera me he encontrado con sorpresas increíbles. Hasta tengo amigos bloguers y formo parte de un sindicato (SOBA) del que ya me quiero ir porque se convirtió en una burocracia de putos resentidos (BPT). Pero los arqueros sin manos son especiales, porque tengo varios amigos en uno. Además, son inofensivos. Por ejemplo, al no tener manos no te pueden manotear la garcha, como sí pasa con algunos integrantes de SOBÁ. En fin, los arqueros sin manos son esos tipos que vale la pena conocer. Ahora me han honrado con ser parte de una letra que no sé lo que quiere decir, pero que contiene la frase pronunciada por un hijo de puta, que dio nacimiento a mi apodo: Peralta. Están acá cerquita, a la izquierda de su pantalla, pero para los haraganes les dejo el link acá mismo, por si les gusta la música fatto in casa. Ah, la canción está en el lado B y se llama "La última cena". Hasta más ver

viernes 28 de agosto de 2009

Me quedé con sus lágrimas

Vamos a volver a las historias de barrio, esas que mantienen todavía vivo este blog a pesar de los contratiempos. Cuando uno escribe, casi siempre escribe de sí mismo. La historia que voy a contar le pasó al Cabezón Jorge, pero es como si me hubiese pasado a mí. El cabezón está en mí, es parte de mi ser, aunque ya no esté físicamente. Como son parte de mí los vecinos y compañeros del barrio, las noviecitas, los compañeros del colegio... Como conté en aquella historia, el día que el Cabezón se murió, era muy rápido con las minas. Tenía ese don. No era tan buen mozo, pero tenía suerte, no sé, ángel que le llaman. Pero, como no podía ser de otro modo, encontró la horma de su zapato. Un día el Cabezón se enamoró. Una noche, después de jugar al fútbol hasta las 10 de la noche, tirados en la esquina, todos chivados, nos estábamos clavando un Tres Plumas que el Cabeza había encontrado en la casa. Los viejos no estaban, sino que Tres Plumas, trescientas patadas en el orto nos daban. Bue, resulta que estábamos chupando eso que decían era coñac, con 28 grados a las 22.30, más o menos, y allá a una cuadra la divisamos. Era Nancy. Nos conocíamos desde chicos, ella había sido compañera mía en la primaria, pero casi que no la vimos más. Yo, por tenerla más vista, me di cuenta que era ella. El Cabezón la miraba venir hacia nosotros como obnubilado. Cuando Nancy nos vio, a unas tres casas, transpirados, en cueros y medio en pedo, dejó la vereda y empezó a caminar por la calle. Estaba para comérsela. No podíamos ni hablar. "Yo le toco el culo", dijo el Loco Eduardo, y amagó salir para la calle. Una mano criteriosa lo tomó del brazo y lo frenó. Ella nos miró, sonrió levemente (por Dios, qué se había hecho en los labios? y en los dientes? cómo podía sonreír así, levemente y de costado, como regalándonos apenas una muestra de su belleza?) y nos dijo, solamente, chau.

Los días siguientes el Cabezón estaba imparable, se paraba en la calle todas las noches, como perro en celo. Nosotros lo acompañamos algunos días, pero se ponia aburrida la espera, y preferíamos irnos a alguna terraza a cagarnos a bollos con los guantes de boxeo que le habían regalado al Loco Eduardo. Pero una noche Nancy apareció.


-Mami, qué curvas y yo sin frenos -le disparó. El Cabezón, como dije, tenía suerte, porque con los piropos que usaba no podía coger ni pagando.

-No seas pelotudo, Jorge, ¿no me conocés?

-No, pero me gustaría -dijo, ya acomodándose.

-Qué boludo que sos. Me viene bien, acompañame hasta casa que siempre antes de llegar me cago toda.


Y así empezó la cosa entre ellos dos.



En esa época comencé a laburar de día y estudiar de noche. Estaba en casa sólo los fines de semana, y el Cabezón solía irse. No nos vimos por varios meses. Un día me fui al centro de la ciudad a hablar por teléfono a la telefónica. Para quienes son demasiado pendejos e imberbes, les informo. Los teléfonos públicos hasta en el ojete de doña Berta empezaron en los '90. En esa época no habia locutorios, si no tenías algún vecino con teléfono (y te juro que en la cuadra había uno solo y se lo pedíamos tanto que a mí ya me daba vergüenza), te tenías que tomar un bondi e ir a hablar directo a la oficina de Entel. Ahí comprabas el cospel y nadie te rompía las pelotas con que el teléfono era medido. Iba para la oficina de Entel cuando me lo encontré al Cabeza, y ahí me contó el resto de la historia. Voy a obviar los saludos y esas cosas, para no aburrir.



"No lo puedo creer, Peralta, no sabés cómo estoy. Esa mina me destrozó, Peralta, ya no soy el mismo. Lloro por los rincones, me despierto pensando en ella, trabajo y estudio pensando en ella, cómo estará, dónde andará, con quién. Y me duermo imaginando una vida juntos... Desde esa noche no hice más que estar al lado de ella, siempre. La iba a buscar a la escuela, la acompañaba al laburo los 3 días por semana que iba, después caminábamos horas, charlando. Vos me conocés, las minas no me asustan, no soy corto, encaro y a otra cosa. Pero con ella quise ir despacio, no quería apurar nada, ni asustarla. Cada vez me sentía mejor. Después de casi tres meses sentí que era el momento, en la puerta de la casa le agarré la mano, le pasé la otra mano por la mejilla y le acaricié el pelo. La acerqué a mí y la besé suavemente, pero no en los labios, sino muy cerca. Un beso que duró una eternidad, no era un beso de despedida, era mucho más. En ese momento me sentí omnipotente y, como en la calesita, quise una vuelta más. Hasta mañana, le dije, la vi entrar, y me fui, Volví a mi casa extasiado. Me dormí con su su perfume fresquito en mi nariz. Todavía sentía su piel en mi mano, las uñas que suavemente se posaron en la palma de mi mano. Era todo tan idílico que ni una paja me hice, Peralta. Pero eso fue todo. Te juro, fue como subir al Aconcagua y después saber que sólo podés descender. Ella tenía miedo, dudaba, de pronto no me tenía confianza (mi fama de picaflor no me ayudaba, Peralta, y yo sólo pensaba en ella, la gran puta madre); seguíamos estando bien, pero cada vez estaba más lejos de ser mi novia. Yo quería eso, que fuera mi novia, con una mina así yo me caso, Peralta, te juro. Una noche, yo muy impaciente, le pedía que se defina, se puso muy mal: no quiero perderte, me dijo, y se puso a llorar; vos sabés lo que eso es para mí, yo puedo estar con una mina, dejarla en la casa y a la vuelta cogerme a la hermana, o a la prima, pero si lloran, si lloran, Peralta, soy un pelotudo; no hay nada que me enternezca más que una mina llorando. Me pueden, no lo puedo controlar. Y Nancy, como si lo supiera, apoyó sus ojitos llorosos en mi camisa celeste y con el rímel húmedo me manchó el cuello. Uh, tu vieja te va a matar, me dijo, y agregó: dame tiempo. El que vos quieras, le dije, y me fui, ya medio caliente y con la verga a media asta, a esa altura, te digo, ya el amor se me había transformado en una calentura padre, y yo le era fiel, no salía con ninguna otra, así que no la ponía ni en un hormiguero, Peralta, imaginate. Me tomé una semana, tiempo en el que fui a ver a la negra Norma para descargar un poco, viste, tampoco la pavada de transformarme en cura. La empecé a llamar por teléfono, me atendía cortante, esperame, sólo me decía. Un día, dos semanas después, tras mucho insistir, le saqué un café. Llegó, se sentó, apenas dijo hola, ni un beso me dio. Se tomó cinco minutos para decirme que se sentía muy bien conmigo, que me extrañaba, que sentía que podía ser el hombre de su vida. Pero que eso también le daba miedo, y que prefería esperar, y que también había aparecido un fulano, pero que no era él, era solamente un filito, me decía, alguien que le gustaba nada más. No pude escuchar más, Peralta, me levanté y me fui. Ni el café pagué. No me olvido más. Lloré 25 cuadras seguidas, loco, una maratón. En esas 25 cuadras me pasó una vida por la cabeza. Cuántas cosas iba a disfrutar el otro tipo, que yo no pude. Cuánto trabajo al pedo. Nunca iba a experimentar como es caminar con ella de la mano, cómo es abrazarla en el cine, cómo es bailar el rocanrol y pasarle la mano por su cintura perfecta, cómo sería el primer beso en esos labios carnosos, cerraría los ojos para besar?, podríamos jugar a besarnos con los ojos abiertos y rozar nuestras pestañas? q pestañas, Peralta, q pestañas!!! cómo sería verla dormir? Gritará o hablará cuando hace el amor? Nunca voy a escuchar su respiración agitada antes de llegar al orgasmo. Tendrá orgasmos? Sí, cómo no. Me perdí esas charlas de nada y de todo después de un porro, o después de un buen vino. Eso me perdía, las conversaciones con ella, podíamos pasarnos horas. Pero cómo hubiese sido pasar con ella horas charlando, pero cada tanto rozarle la mano, o la cara, o alisarle los rulos, o darle besitos atrás de la oreja mientras opina sobre alguna película. En la cuadra 24 me di cuenta que tal vez nunca iba a conocer todo eso, que pudo ser pero no era. Y que conmigo, una vez, sólo había llorado. Y la última cuadra hasta mi casa la corrí. Entré desesperado a mi habitación, busqué la camisa celeste de esa noche y no la encontré. Le pregunté a mi vieja. La lavé, me dijo, la muy guacha, como si nada. Corrí a la terraza. Y ahí estaba la camisa, colgada, con la mancha de rimel en el cuello. No se la pude sacar, me dijo mi vieja, adónde habrás andado. Esta camisa no la tocás más, vieja, cada vez que me la ponga la voy a lavar yo. Está bien, loco de mierda, me largó la vieja, y alguna puteada que no escuché. Y acá estoy, Peralta, todavía sufriendo, todos los días veo la camisa celeste colgada en el placard, y me conformo con saber que nunca nadie me va a sacar eso. Ella me regaló lo único que siempre, pero siempre, ablanda mi corazón: sus lágrimas."



Nos fuimos caminando juntos para casa, en el camino nos compramos una cerveza.

miércoles 19 de agosto de 2009

Sandro

El tipo cumplió 60 y tantos. La primera vez que lo vi en TV, hace más o menos siglo y medio, cantaba con un grupo de rock, gritaba y se tiraba al piso. Después supe, por mi prima que lo amaba, que el tipo cantaba baladas y boleros. También supe que era un tipo de barrio, con códigos y con pocas mujeres, a quienes respetaba de un modo inconcebible. Es el novio de todas las minas de barrio de este país, ese ejemplar tan dulce, tan madre, tan ama de casa, ama incondicionalmente a Roberto Sánchez. El tipo es un amigo de esos que uno quisiera tener, tomar unos vinos, salir con minas y conformarse con la más fea. No me gustaba su música, hoy lo respeto y lo admiro. Ojalá se reponga o pueda pasar el resto de su vida de la mejor forma posible. Feliz cumple. Miren, de paso, la belleza de Solita, tan joven. La otra es Marcela López Rey (con algunos años más que Solita). El actor es Luis Medina Castro, que se murió demasiado joven. Un gran tipo también, dicen. Les dejo una canción, de paso, a todas aquellas mujeres (no son tantas, bah) que tuvieron la suerte de ser amadas por un servidor.